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Roma

Un paseo por el Panteón de Roma

Un paseo por el Panteón de Roma
mayo 26
13:36 2017

Uno de los imprescindibles cuando viajes a Roma es visitar el popularmente conocido como Panteón de Roma, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1980. Quizá, parte de su magia se haya perdido, dado que hoy en día con Internet pocas cosas quedan para sorprenderte con la sobre exposición a la que estamos sometidos. Y ¿por qué digo esto? Porque parte de la sorpresa y originalidad del Panteón de Agripa (que así es como se denomina realmente) se halla en su estructura única. Así, por un momento, cuando caminas en su interior, no puedes evitar detenerte un instante, como si a tu cerebro no le cuadrara lo que acaba de suceder. Y, quizá, esa sensación de extrañeza no resulte tan impactante como antaño…

fachada del panteón de Roma

El Panteón de Roma fue mandado construir por el Emperador Adriano entre los años 118 y 125 d.C. sobre el mismo espacio que ocupaba un panteón mandado erigir por el general Agripa en el año 27 a.C., un político y militar romano que se caracterizó por embellecer con diferentes construcciones la ciudad de Roma. El templo original se destruyó en un incendio aunque el Panteón que hoy podemos contemplar realmente poco tiene que ver con el original que parece ser era un templo períptero, similar al Partenón de Atenas, aunque de mucho menor tamaño, claro.

Pero, volviendo al templo actual, resulta espectacular por sus dimensiones, porque en fotografías siempre da la sensación de ser más pequeño de lo que luego encuentras en la realidad. Quizá su tamaño sea una de esas cosas que llaman poderosamente la atención y que, efectivamente, sorprende a pesar de lo mucho que lo hayas visto en imágenes. Y, cuando estás allí delante, admirándolo, cuando estás observándolo con atención en la plaza, por mucho que sepas respecto a su estructura, no puedes dejar de cuestionarte que hay algo que no termina de encajarte.

En efecto, la sensación es extraña porque parece que se trata de dos construcciones que, en algún momento de la historia, fueron anexionadas para, tal vez, aprovechar una de ellas para rematar la otra. Esto se debe a que desde el exterior lo que se ve es el magnífico pórtico rectangular de esbeltas columnas corintias, con sus inscripciones latinas de bronce en el friso, alto, poderoso y sobriamente elegante. Pero, justo detrás, lo que contemplas es una especie de mole con forma circular basta, abrupta, agreste, alejada de lo estilizado de la portada.

Interior del Panteón de Roma

Y ahí reside la ironía de este edificio y lo que, a pesar de lo mucho que lo hayas podido ver, sigue sorprendiéndote. Porque el engaño comienza desde el mismo exterior, con una portada elegante y una mole detrás agreste para luego, a medida que avanzas hacia el interior, encontrar junto lo opuesto; una entrada de columnas bella en su simpleza, para terminar caminando en un esfera derrochadora de mármoles rosados y verduscos que se funden, elevándose en una cúpula enorme de casetones dorados que recuerda a un inmenso panal de miel y que finaliza en una abertura perfecta por la que penetran y se deslizan suavemente los rayos de la luz del sol… y miles de pétalos de rosas rojas el día de Pentecostés. Un espectáculo único.

Interior de la cúpula del panteón de Roma

A pesar de que el edificio más popular de Roma sea el Coliseo, lo cierto es que el Panteón es, bajo mi punto de vista, muchísimo más sorprendente no sólo por su originalidad arquitectónica que choca con lo que uno espera encontrar por muy advertido que esté, sino por la quizá ironía de su elaboración: lo más basto por fuera resulta ser lo más elegante en su interior. Aunque, como decía al principio, parte de esa magia impactante que debía producir antaño el impacto de encontrar un templo de planta circular se haya perdido, desde luego, para mí, sigue siendo uno de los grandes imprescindibles cuando vueles a Roma.

Sobre el autor

Eva

Eva

Viajera insaciable y eterna estudiante de idiomas y culturas. Lingüista, traductora y fotógrafa amateur. Mi lema: Viajar para vivir y sentirse vivo.

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